El Negro

El Negro Fontanarrosa (1946-2007)

Roberto Fontanarrosa comenzó a ser considerado ya un joven dibujante con identidad propia sobre finales de la década del 60, cuando trabajaba como ilustrador en una de las agencias publicitarias más importantes de Rosario, a lo que agregaría, poco después, su formidable capacidad para el humor gráfico, en su paso por la revista rosarina “Boom” –una experiencia inusual en el periodismo local y regional entre 1968 y 1971- y sobre todo en sus colaboraciones con “Hortensia”, la publicación cordobesa que albergara las iniciales andanzas de Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso, sus dos personajes emblemáticos junto al inefable perro Mendieta.

La década del 70 iba a ser consagratoria: sus chistes cotidianos en el diario “Clarín”, publicados hasta su muerte, se sumaron a los trabajos suyos incluidos en revistas como “Satiricón”, “Mengano”, “Chaupinela”, “El Ratón de Occidente”, “Humor”, las rosarinas “La cebra a lunares”, “Risario” y varias del exterior. Fue en esos años en que inició su experiencia literaria, que lo llevaría a la publicación de tres novelas: “Best Seller”, “La gansada” y “El área 18” y una serie de notables cuentos incluidos en libros como “El mundo ha vivido equivocado”, “La mesa de los galanes”, “No se si he sido claro”, “Uno nunca sabe”, “El rey de la milonga”, “Usted no me lo va a creer” y otros; muchos de ellos tuvieron adaptaciones televisivas y teatrales. En los años 80 inició su vinculación con el grupo Les Luthiers, a quienes aportó no poco del contenido de sus espectáculos humorístico-musicales.

La fidelidad a su ciudad natal, en la que vivió de modo permanente; su pasión por el fútbol y en especial por Rosario Central; su ejercicio de la amistad y el bajo perfil, aun en su condición de figura pública respetada y admirada, fueron rasgos de un ser humano de gran sensibilidad, con un poder de captación de la cotidianeidad y la realidad del país y del lenguaje coloquial que manejó con maestría. El Negro tuvo, ya en sus años de lucha contra la enfermedad que lo llevaría a la muerte, una consagración más, esta vez a un nivel que superó las fronteras nacionales: su discurso de cierre del III Congreso Internacional de a Lengua Española, en 2004, con una defensa de las llamadas “malas palabras” que se recuerda tan jocosa como antológica.

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