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// El hombre que le dio cuerpo a la caricatura

Entre las múltiples actividades realizadas este año, la exposición de Guillermo Forchino sintetizó el cruce de disciplinas que caracteriza -principalmente a través del humor y el arte- la universalidad alcanzada por Roberto Fontanarrosa, nombre que con orgullo y humildad apadrina este centro cultural. Las caricaturas tridimensionales de Forchino integraron una de las muestras mas visitadas del año por un público masivo y diverso en edades y segmentos, que hicieron del evento un verdadero re-encuentro de la ciudadanía con uno de sus artistas locales consagrados y reconocidos en el mundo a partir de su radicación en París hace 20 años.

Mano a mano con Guillermo Forchino, artista rosarino radicado en Francia que expuso su muestra de objetos y esculturas en el Centro Cultural Roberto Fontanrrosa; desde el 18 de agosto al 18 de septiembre de 2016.

Por Marcelo Menichetti
Fotos: Guillermo Turin Bootello

Aunque Guillermo Forchino ni siquiera lo soñara, un día, a principios de la década del 80 y a instancias de su esposa, se fue a la Universidad de la Sorbona, de París, con una beca en la mano para perfeccionarse como restaurador y conservador de obras de arte. Luego de desentrañar los secretos y las técnicas ancestrales de la restauración regresó a Rosario para aplicar sus conocimientos en el Museo Juan B. Castagnino. Paralelamente, en 1985 ya había mostrado sus obras junto al grupo que integraba con los artistas plásticos Marcelo Castaño y Rubén Porta en la exposición denominada “Desafinados” y al poco tiempo retornó a París para quedarse. En 1988 obtuvo el premio de escultura en el “Salón de Petits Formats” y siguió investigando en una búsqueda que alterna con sus múltiples tareas de supervivencia que incluyen trabajos como pintor de brocha gorda. La revolución se produjo en los años 90 cuando Forchino comenzó a trabajar con resina de poliuretano y silicona y toma decididamente al comic como referencia estética para crear personajes y objetos que revelan su extraordinaria capacidad como observador y reproductor satírico de lo que ve a su alrededor.

Las imágenes parecen brotar del plano de una historieta hasta adquirir un volumen que multiplica el efecto grotesco de la escena y a la vez desnuda costados que los parodiados personajes de la realidad suelen ocultar. El mural creado para la colección Remolins Zamora, de Andorra, y las obras de su exposición “Desafinados II”, junto a Porta y Castaño, expuesta en el Palais de Glace de Buenos Aires y en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia de Rosario, marcan un camino infinito que el artista parece destinado a recorrer buscando mostrar las situaciones que le llaman la atención con un estilo que concentra las miradas de públicos diversos, que aprecian tanto el preciosismo en el detalle como la certeza en la caracterización de cada personaje que aborda el escultor.

A principios del nuevo siglo la empresa VM&M Concepts comienza a reproducir sus obras que hoy se venden en 65 países y que se exponen en la muestra París-Rosario que se exhibe en el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa y que está integrada por las creaciones originales de Forchino pertenecientes a la colección de la empresa holandesa con la que trabaja habiéndose convertido en la muestra de artes plásticas más convocante de la ciudad en lo que va de la temporada 2016.

 

Una charla con el padre de las criaturas

-¿La muestra que hoy exhibe en Rosario estuvo montada en alguna parte?

-A esta muestra la hace circular su dueño pero solamente en Holanda. Este tipo tiene entre 90 y 100 originales míos desde hace 12 años. Desde 2002 me compra entre 6 y 8 por año y reunió más de noventa esculturas y las exhibe, en grupos de 10 o 15, en lugares públicos como centros culturales, hospitales, etc. El lucra con la edición: me compra los originales y los hace editar en China, de diez a doce mil ejemplares; el único límite es que se reproducen quinientos o mil ejemplares al cien por cien, es decir los grandes, y los que son al cincuenta por ciento son de edición numerada pero no limitada. La cantidad mínima que se reproduce es de mil y, si se venden sigue editándolos. Algunos llegaron a doce mil reproducciones: Yo cobro royalty por cada reproducción vendida.

-¿Con este sistema de creación original y reproducción cómo considera a sus obras?

-Creo que soy un tipo que tiene una faceta que es la de hacer arte-humor, que es esto que vos conocés y se comercializa en muchos países, y tengo una vena más personal en la que hago búsquedas con papel maché, con silicona, y con otros materiales, que son piezas únicas no editadas. No es que no me interese venderlas sino que es difícil vender ese tipo de cosas y las muestra en exposiciones como “Desafinados” que hicimos con Rubén Porta y Marcelo Castaño y después derivó en los desaparecidos, las torturas sobre todo ese universo de trauma que creó la época de la dictadura. Pueden ponerme las etiquetas que quieran. Si uno se atiene a lo que dice el diccionario, yo hago esculturas. Si la gente considera que es arte, será arte. No sé qué decir al respecto porque no me tiene preocupado eso.

-¿Cómo fueron sus inicios con el arte?

-Siempre estuve bañado en un ambiente que gustaba de las pinturas. Mi padre, mi abuelo materno, que tenía amigos pintores, lo conoció a Berni e inclusive le compró dos obras que están en mi casa: son dos Berni bien académicos. Además tenía en mi casa cuadros de Uriarte y de muchos pintores rosarinos quizá no muy conocidos como, Robirosa Garay, Alfredo Guido, Ángel Guido. Mi abuelo era técnico constructor y amigo de arquitectos -hablo de años 20, 30- y siempre le gustó coleccionar cosas relacionadas con lo gauchesco como los almanaques de Alpargatas de Molina Campos que de chiquito yo miraba. En la muestra hay una carnicería que hice como homenaje a Molina Campos, por eso les hice los ojos saltones: los personajes rememoran eso. A mi papá le gustaba escribir y editó un par de libros, sin ninguna pretensión, pero se interesaba por la literatura. Me crié en un hogar en el que me fomentaron la cultura y a mí siempre lo que me interesó, más que nada, fue aprender cómo se trabaja con los materiales, como se pinta, porqué el óleo, qué es el óleo, un pigmento, un ligamento, como se hace; cómo se ralla una piedra para obtener un polvo y luego mezclarlo; la cola, la témpera con un huevo, etc. Todo eso me interesaba y siempre investigué.

-¿Ese afán lo llevó a dedicarse a la restauración?

-No sólo que eso me llevó a la restauración sino que la restauración también me llevó a eso, porque en restauración tenía una materia que se llamaba “Técnicas y materiales antiguos” y en París nos enseñaron cómo se trabajaba en el Renacimiento. Tuvimos que leer el libro de Chenino Chenini que explica cómo se hacían las cosas en el Quattrocento; eso siempre me entusiasmó y lo investigué porque había cosas que quería hacer pero me preguntaba ¿cómo las hago? Cómo se hace un molde y taseles ya lo había estudiado acá, pero siliconas y resinas nunca había usado. Investigué aprendí, usé, arruiné y aprendí. Siempre me apasionó ese tipo de cosas y entonces ahora, una persona que sabe de materiales puede, si tiene una idea, realizarla más fácilmente que otro que se complica la vida.

-¿Sus primeros estudios académico los hizo en Rosario?

-Sí, en la Escuela de Bellas Artes de la calle Corrientes. Una vez que terminé en la facultad en el 79, con Marcelo Castaño y Fernando Ercila pusimos una marquería que se llamó “Galería Buonarotti”, en la calle San Lorenzo y Entre Ríos donde hoy hay una farmacia. Ahí estábamos contentos y felices y nos juntamos con Hover Madrid y Daniel Pettit, Marcelo y Fernando e hicimos un taller que se llamaba “La Gotera” -porque efectivamente estaba lleno de goteras- en la calle Montevideo 630. Todo eso fue en esa época y Mónica, que en ese momento era mi novia, era profesora de francés y ella siempre soñó con ir a Francia. Pero a mí me resbalaba. Era ella que quería ir a París por cuestiones de idioma; ella amaba el francés y pedía becas pero para profesores había una larga lista de espera y por supuesto no teníamos un mango y yo estaba feliz con mis amigos. Ibamos al bar La Follie a tomar algo, era la bohemia en Rosario. Como yo hacía algo de restauraciones ella me dice: “¿Por qué no pedís una beca en restauraciones? puede ser más fácil”. Le dije: “Mirá, yo no quiero. Si vos querés, hace todos los papeles”. Y los hizo a mi nombre y, no por mérito propio, porque no tenía ninguno, me gané la beca en restauraciones porque nadie la pidió. Es la realidad. Fue sorprendente. Después todos empezaron a pedir la beca en restauraciones y varios la obtuvieron, pero el primero que la pidió en la Argentina fui yo. Trabajaba teniendo solo conocimientos de bellas artes pero no de restauración. Había leído sobre el tema y la hacía a los ponchazos. Cuando terminé de hacer los cursos de restauración en París volví en el año 1984. Llegué a Rosario y todo era fabuloso porque recién acababa de asumir Alfonsín, el austral estaba 1 a 1: ¡era una maravilla!   Estaban Baglietto y Fandermole en música; gente en teatros como Arteón, y no sé si compararlo con el destape español, pero era algo bárbaro, salíamos de la dictadura. A los seis meses se pudrió todo. Cuando llegué, a la semana, la gente del ambiente que me conocía y el Negro Ielpi, que era Subsecretario de Cultura, se entera que había hecho restauraciones, me ofrece armar un taller en el Museo Castagnino. Eso era el sumum del sumum. Entré a trabajar enseguida. Me acuerdo que el sueldo era de 120 dólares y yo pagaba 70 de alquiler. Mi mujer viajaba tres veces por semana a Firmat a dar clases de francés, nació nuestro primer hijo Facundo, en el 85, y a los 6 meses se pudrió todo como te dije y encima no había presupuesto en el Castagnino para restaurar, así que más que limpiar las obras no se podía hacer. No era por falta de voluntad, porque yo estaba desesperado por hacer lo mío. En ese año hicimos la muestra “Desafinados” -en septiembre del 85- pero ya habíamos decidido con Mónica volver a París donde estuvimos tres años y, aunque no pensábamos quedarnos en Francia, teníamos amigos, conexiones, compañeros que tenían tallercitos de restauraciones y me decían: “Si venís te tiramos unos laburitos. Y nos fuimos. Mi mujer cuidaba niños en un sistema que vos cuidas chicos y a cambio te dan un estudio, en compensación. Teníamos un estudio de 18 metros cuadrados, chiquitito y dijimos: “Vamos a probar a ver qué pasa”. Ni bien terminó la muestra en la galería Krass, al mes yo estaba en París y ahí empezamos de a poquito. En ese mes fue Mauro Machado con un premio Grand a París, así que empezamos a pintar departamentitos a brocha gorda para hacernos unos mangos. También estuve en esa época con Víctor Quiroga, El Tape Quiroga, que es un gran dibujante y pintor tucumano.

-¿Le costó hacer lo suyo, aparte de los trabajos para vivir?

-No me resultó fácil, pero tampoco muy difícil, porque yo soy un tipo que, si hay que laburar con el fratacho, no tengo historia.

-Su trabajo tiene una gran demanda física.

-Sí, ahora es más sedentario. Antes de entrar a trabajar en este tipo de ediciones reproducía yo mismo. Siempre hago moldes y trabajo con una pasta que me sirve para hacer un original, pero necesariamente tengo que pasar por un molde para hacer reproducciones con resina al poliuretano; o sea que siempre hice moldes. Pero antes hacía cinco, seis o siete tiradas de cada original porque yo los vendía después que en un salón presentaba tres o cuatro esculturas y se vendían hacía tres o cuatro de cada una tenía un año lleno de trabajo. Había quienes me ayudaban pero era mucho laburo porque es muy complicado reproducir mis cosas pero, por cuestiones alimentarias, había que hacerlo y no me quejo, al contrario. Cuando llega esta empresa que me propone editarlos en grandes cantidades hago nada más que uno; hago siempre el molde, la pieza final la hago en resina poliuretánica, pero hago una sola tirada y ésa es la que compran, la mando a Holanda para el catálogo y ellos la mandan a China o hacen reproducir al 50 por ciento la mayoría de las piezas. Cuando se juntan cuatro piezas voy a China para controlar, porque siempre hay que hacer algunos cambios y me quedo para ver también la pintura.

-¿Ese contacto que desembocó en las actuales reproducciones apareció mágicamente?

-Cayó del cielo. Yo tenía dos piezas en una galería de Eze Village, un pueblito que está al lado de Niza, y Mr. Frisecot, de la empresa VM&M, los vio le gustaron y compró dos. La primera fue Los Gangsters y tuvo la idea de reproducirlos porque vio la posibilidad comercializarlos y me lo propuso. Al principio le dije que no, porque no me interesaba. Tenía conocidos que habían hecho reproducir sus trabajos en China y la calidad era muy mala. Hablo del 2002 . Este hombre insistió diciéndome que China es muy grande, hay millones de habitantes y miles de fábricas que hacen distintas reproducciones de escultores, buenas y malísimas, y que él trabajaba con una top. Me dice: ¿Por qué no se viene a Holanda, Haarlem, y ve como trabajamos nosotros"?. Todo esto era por teléfono pero yo no quería agarrar. Entonces el tipo me manda todos los datos de las fábricas por e-mail, la página web, y además me dice : “Yo lo invito este fin de semana con todos los gastos pagos, para que venga con su señora; les hacemos conocer la fábrica y hablamos sin compromisos”. Se lo digo a mi mujer y viajamos. Entonces vamos a Haarlem, en Holanda, y nos estaban esperando. La oficina quedaba en un barrio residencial fabuloso y la sede de la empresa es un chalet de tres pisos del siglo XIX hecho por un portugués: una cosa extraordinaria. Allí estaban las oficinas y tenía cosas en un show room y me muestra todo y me dice: “Antes trabajábamos con Filipinas -y me muestra unas reproducciones de mala calidad-, pero ahora trabajamos con esta fábrica que queda al norte de Hong Kong pero la calidad de las cosas es bastante buena. Me empezó a convencer y cuando estábamos por volvernos me dice: “Hagamos una cosa. Yo mando estas dos piezas que le compré a la fábrica que trabaja conmigo en China, las hago reproducir al cincuenta por ciento, a mano, con una pasta que es muy maleable y usted dentro de quince días se va a China y mira si están bien, si le gustan o no le gustan. Si no le gustan se vuelve –no quería que las reprodujeran al cien por ciento porque yo había vendido dos o tres de cada una-. Vamos a probar. Al mes estaba en Hui Yan, una ciudad industrial y esta era una fábrica modelo impresionante, donde reproducen en volumen lo que quieras y cuando llego fue lo más impresionante: me abren la puerta del show-room y veo mi taxi perfecto, pero en chiquitito. Pensé: “¡Lo agarró un jíbaro..!”.

-¿Nunca había visto como quedaba tras la reducción?

-No, no. Fue como un indio del Amazonas que nunca vio una foto y se ve en la foto. Desde el 2002 llegamos a un acuerdo y trabajo exclusivamente para ellos en la parte comercial. Tengo mi parte más personal y esto, que es indudablemente comercial, me permite vivir y me encanta hacerlo. Pude combinar las dos cosas.

-Los textos que acompañan las obras son suyos.

-Son todos míos.

-¿Cuando se vende una reproducción de la obra va con el mismo texto?

-Si cada caja va con su texto. Eso fue un pedido que me hizo el editor porque vio que como idea, podía acompañar. Me preguntó si los podría escribir y siempre me gustó escribir tonterías, puedo hacerlo y acepté.

-Tienen que ver con el resultado final de la obra.

-Es verdad, las cierra. Pero no tienen ninguna pretensión literaria sino divertida. Nada más.

-¿Qué relación tuvo con la historieta, las aventuras, las caricaturas? ¿Dibujó alguna vez?

-Siempre dibujé. Con historieta intenté hacerlas de adolescente pero me costaba repetir la imagen en cada cuadrito. No sé porqué. Me enojaba conmigo mismo pero me encantaba la historieta y soy un fanático de la época de "El Eternauta". Mangueaba, cambiaba “El Tony”, “D’artagnan”, “Intervalo” y me encantaban personajes como, Nippur de Lagash, Jackaroe, Gilgamesh. Eso me hace acordar de una vez que vi una escultura de Don Fulgencio que había hecho Lino Palacio: ví a Don Fulgencio en volumen de unos 30 centímetros. Era la primera vez que veía un personaje de historieta en volumen, allá por los años 60.

-Es notable el parecido de sus trabajos con las animaciones de 3d que se ven en el cine.

-En Europa se les llama algo así como para-historietas, como algo paralelo. Pero yo nunca hice para-historieta porque lo mío no sale de un libro sino que hago eso solo. No es Mafalda sentada en un banco, por eso es difícil definirlo.

-¿No lo han tentado del cine al ver su obra?.

-Puede parecer pretencioso lo que te digo. Una vez me llamó el asistente de un conocido director de cine, pero no tuve una propuesta concreta. A mí los que me gustan son Wallace y Grommit , una película de dos pollos en la Segunda Guerra Mundial. Me gusta ese tipo de animación que es stop-motion, más que la de 3d hecha en informática porque es más artesanal el stop-motion. Inclusive te voy a decir que a mis esculturas las reproducen a mano con escalímetro. El año pasado reprodujeron una con una impresora 3d en China y rechacé la copia porque sale casi exactamente igual pero no tienen alma. Todavía no está perfecta. En cambio un escultor me la copia y puede no ser exactamente igual, pero tiene cosas que ves en la pasta que el tipo la trabajó. Llegarán seguramente, pero hasta ahora le falta no sabría explicar bien, es como una foto lavada.

-¿El sistema de reproducción lo sigue expresando como artista?

-Sí. Hay situaciones en la comedia humana y de un mismo personajes podés hacer mil cosas. Yo hice un abogado, pero podés hacer 15 abogados diferentes, o el jugador de golf también. La edición es comercial y hay que ver la parte que se vende y la que no. Si hago un profesional la gente que lo compre es probable que lo haga para regalárselo a un profesional. Eso se habla hasta que coincidimos en lo que es más factible de hacer. Hasta ahora todo lo que había hecho lo reprodujeron, pero después hubo que comenzar a hacer cosas nuevas.

-El poder de observación que manifiesta es notable y es una de las condiciones que se le exigen a cualquier escritor. ¿Toma notas o escribe las situaciones que luego convierte en esculturas?

-Agradezco lo que decís pero lo mío no es la literatura; me divierte, pero más de lo que hago ahí como texto de acompañamiento no va a pasar.

-¿Al hacer algo “en serie” se siente menoscabado como artista?

-No, en absoluto. Para nada. Nunca tuve ninguna pretensión de nada, no me interesa la publicidad. No busco nada y me vinieron a buscar y yo no rechazo. No me gusta vanagloriarme.

-A veces sucede que un artista hace algo que le resulta redituable pero en realidad quiere hacer otra cosa.

-Tengo una obra un poco más personal, pero esto también me gusta y la parte comercial me da de vivir y me gusta hacerlo. Lamentablemente no puedo darle más lugar a mi obra personal porque me absorbe mucho esto, pero dos meses al año se las dedico a la parte personal.

-¿El mensaje de esta obra paródica es que no hay que tomarse la vida demasiado seriamente?

-Estoy convencido que estamos de pasada. ¡Nos hacemos tantos problemas! La plata es importante y es mentira decir lo contrario, pero no entiendo cómo puede haber gente como los que hacen cien millones de dólares y después quieren mil millones y después que los obtienen buscan más y hay fotos de una pieza llena de millones de dólares como ocurre con los narcos. Yo que problema me puedo hacer si de salud estoy bien, mis hijos están bien. No soy millonario, no pretendo serlo y estoy muy bien con lo que tengo. Lo que hago es para decir que “aprovechemos la vida”. Trato de ver un poco con ironía, y simpatía, hablaste antes de Molina Campos de Juan de Dios Mena, sus personajes tenían alma.

-Al ver sus trabajos Mena enseguida aparece.

-Bueno a mi viejo le encantaba Mena y tenía reproducciones, y tengo la colección de los almanaques de Alpargatas, de Molina Campos. No puedo negar esas influencias.

 

 

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