Noticias

// So Long, Leonard

Leonard Cohen, uno de los mayores poetas de la canción, falleció el lunes pasado (07/11/2016). Candidato varias veces al Premio Nobel, había sido distinguido con el prestigioso Premio Cervantes, de España, en 2011. Su muerte deja un gran vacío para todos: los lectores de sus poemas, los oyentes de sus canciones, los anónimos asistentes a sus recitales, sus colegas.

Víctor Hugo Ghitta escribió en el diario La Nación del 7 de agosto de este año una nota algunos de cuyos párrafos vale la pena reproducir ante la muerte del gran  poeta, novelista, músico y poeta canadiense: Leonard Cohen tiene 81 años. Es uno de los más grandes poetas canadienses vivos y el creador de una obra musical monumental. Le ha cantado (le canta todavía: la voz grave y desnuda, los ojos tan llenos de melancolía y el sombrero Borselino que siguen confiriéndole un aire ligeramente anticuado) al amor y el deseo, las miserias humanas y la redención; en algunos de sus álbumes dio también muestras de su preocupación por cuestiones sociales y políticas. Sus canciones tristonas, ligeramente amargas, lo convirtieron en un poeta de los desahuciados de este mundo. Cohen susurra apenas, dice sin énfasis, horada el alma de quien lo escucha. Hay algo místico en esa voz, un mantra hipnótico que transporta al oyente a cierto paisaje interior. No es raro: durante cinco años, se retiró a un monasterio zen en las montañas de San Gabriel. Meditaba, tomaba té y, de vez en cuando, grababa alguna canción o hablaba por teléfono con su hija. Fue ordenado como monje budista de la escuela japonesa Rinzai con el nombre de Jika, que significa silencio.

Se enteró hace algunas semanas que Marianne Ihlen había sido internada con un muy mal pronóstico de los médicos por una carta que le envió Jan Mollestad, el cineasta que había rodado un documental sobre ella. Se habían conocido en la juventud en una tienda y durante siete años vivieron bajo el sol, descalzos, rodeados de la magnificencia de la isla de Hydra una vida sencilla monástica, un amor hecho de pequeñas cosas. Estuvieron siete años juntos, siete años de felicidad arrobadora y de perturbadora desdicha, el claroscuro del amor. Era una mujer hermosa, una hermosura a la que era difícil sustraerse, demasiado curiosa como para contentarse con las rutinas de la vida. Hace muchos años, cuando la relación se resquebrajaba, él le dedicó una canción: “Solong, Marianne”. Algo así como “Hasta siempre, Marianne”. Alguien contó más tarde que al momento de componerla el poeta había escrito “Come on, Marianne”, un modo incierto de incitarla a que juntos  recobrasen ese amor malherido. Pero cuando llegó al estudio de grabación en Nueva York, desencantado ya, Cohen introdujo esa pequeña modificación para verla partir. Más de 50 años después de ese amor nunca concluido, como nunca concluyen los amores verdaderos, Cohen respondió de inmediato la correspondencia.

“Bien, Marianne –escribió-, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Quiero que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tus manos, creo que podrás tocar la mía. Sólo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino…” Marianne murió poco tiempo después. Mollestad quiso que  Cohen se enterase por él mismo la noticia y le envió unas líneas en las que le contó como habían sido las últimas horas. “Cayó muy lentamente en un sueño que la sacó de esta vida por la noche –escribió-. Tu carta llegó cuando todavía podía hablar y reír con completa conciencia. Cuando se la leímos en voz alta, sonrió de la manera en que solo Marianne podía hacerlo. Elevó su mano, cuando decías que estabas justo detrás de ella, tan cerca como para alcanzarla, Le causó una honda tranquilidad saber que conocías su estado. Y tu bendición para su viaje le dio una fortaleza extra (…) Después de que su alma hubiese volado por la ventana en busca de nuevas aventuras, besamos su rostro y susurramos tus eternas palabras: “Solong, Marianne”.

Él estaba preparado para la muerte inevitable y ya en su último disco, grabado este año, You want it darker,  varias canciones hablan del final de la vida y la preparación del encuentro con Dios. Apenas unos días antes, había avisado al mundo de que se sentía cerca de la muerte. Estoy preparado para morir, dijo en una entrevista con el director de The New Yorker que dio la vuelta al mundo. En una reunión  con periodistas, críticos y amigos en Los Angeles con motivo de la presentación del disco,  quiso atenuar aquella frase. Me pongo dramático de vez en cuando, dijo. “Espero que podamos hacer esto otra vez. Me propongo vivir 120 años". Fue la última sonrisa de Cohen en público.

Leonard Cohen, candidato varias veces al Premio Nobel, había sido distinguido con el prestigioso Premio Cervantes, de España, en 2011. Su muerte deja un gran vacío para todos: los lectores de sus poemas, los oyentes de sus canciones, los anónimos asistentes a sus recitales, sus colegas. Para muchos de nosotros; Leonard Cohen era el mejor compositor del mundo. Totalmente único e imposible de imitar, por más que lo intentáramos. Muchos lo echaremos de menos profundamente. Así se rindió un mito como Nick Cave en su página de Facebook ante una leyenda todavía más majestuosa, la de Leonard Cohen.

Videos

Ver todas las publicaciones