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// Adiós al conde del realismo delirante

El excéntrico Alberto Laiseca, uno de los grandes escritores argentinos que pasaron por el CCRF, conocido por las nuevas generaciones como el maestro del terror por sus relatos en ISAT, falleció ayer en Buenos Aires.

Alberto Laiseca –como Borges, como Osvaldo Soriano, como Marco Denevi, como Juan Gelman- fue uno de los muchos escritores que pasaron por el CCRF.

Su muerte, ocurrida este jueves 22 de diciembre, cierra el ciclo de una tarea narrativa personal y quizás inimitable, en lo que sus discípulos llamaran “realismo delirante”. Se radicó en Buenos Aires a los 25 años y, como sucedió con Leopoldo Marechal, escribió su ars magna en una pensión. Leía revistas de física cuántica y trabajaba como peón de limpieza; luego llegaron los mejores trabajos, como operario telefónico y corrector en “La Razón”. Su primer libro, “Su turno para morir”, fue publicado hace 40 años. Como parte de esa generación que compartió con sus amigos Fogwill y Piglia, se formó como lector y escritor en las calles porteñas. Si bien nació en Rosario el 11 de febrero de 1941, nunca dejó de pensar en el pueblo donde se crió y pasó su adolescencia, Camilo Aldao, escribió Mariano Vespa en el diario “Perfil”.

Había nacido en Rosario pero tenía como su más entrañable lugar a ese pueblo cordobés. Aunque la mayor parte de mi vida la pasé en Buenos Aires, no te olvidás nunca de tu pueblo, es tu patria chica. Le estoy agradecido, me dio todo; como afirma el dicho, “El peor pecado del mundo es ser desagradecido”. Tengo veneración por mi pueblo. A Camilo Aldao lo fundó José María Aldao y el nombre era un homenaje a su hermano. Eran tan masones que hicieron el dispensario, el cementerio, la municipalidad, lo que a vos se te antoje, menos la iglesia. Y todos los campesinos eran supercatólicos, recordó e un reportaje.

Recibió la Beca Guggenheim en 1991, antes de publicar sus grandes libros “Los Sorias” y “El jardín de las máquinas parlantes”, pero más allá de algún subsidio mínimo, la valoración oficial siempre le fue esquiva. Son sus discípulos quienes impulsan su lectura aunque pocos libros suyos se consiguen en librerías aunque dentro de poco reaparecerá su “Manual sadomasoporno”, ese compendio de aforismos, técnicas sádicas y, por qué no, apuntes biográficos, escribió Vespa.

El escritor y editor Ricardo Romero lo conoció a partir de una nota que le hizo para la revista “Oliverio”, hace unos 10 años. En ese momento Laiseca no circulaba tanto como ahora y le propuso reeditar varios de sus títulos. El primero fue “Matando enanos a garrotazos”. Fue un autor único de la literatura argentina. Era muy difícil rastrear sus tradiciones y predecir lo que haría en su obra. Una de las cosas más interesantes que tuvo fue que siempre escribió a espaldas de todo, lejos de las urgencias de la época, recordó Romero.

Además de “Los Sorias”, tan monumental como impresionante odisea narrativa, Laiseca publicó “Aventuras de un novelista atonal”, “La hija de Kheops”, “La mujer de la muralla”, “El gusano máximo de la vida mínima”, “En sueños he llorado” y “Las aventuras del profesor Eusebio Filigraneti”. Su incursión en la televisión, leyendo cuentos de terror, demostró sus dotes de actor y la habilidad para crear climas que atrapaban al auditorio. Para unas de esas perfomances fue que estuvo en el Centro Cultural Fontanarrosa en noviembre de 2011, rodeado del humo de su infaltables cigarrillos “Imparciales”, teniendo a mano un vaso de whisky y subyugando a una sala colmada de público leyendo “La caída de la Casa Usher” de uno de sus escritores admirados: Edgar Alan Poe.

Silvina Friera lo definió hoy en “Página/12” de modo impecable: El último escritor excéntrico de la literatura argentina, un narrador genial que cultivaba una mirada tan singular sobre el mundo que por momentos bordeaba la locura o eso que se cosifica como maldito.

 

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